Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


Ciudad Iracunda

>> viernes, 4 de marzo de 2011


Las calles de la comuna trece de Medellín son peligrosas. La sangre de los muertos y el llanto de las victimas callaron todas las cantinas. Desde hace días las cosas empeoran y no hay como remediar la guerra porque nadie quiere remediarla. Marzo inició con una balacera e insultos que hicieron de la ciudad una caldera. Sobre la terraza de las casas se escuchaban caer, como lluvia, los casquillos de las balas.

La guerra de Medellín es una guerra de adolescentes porque entre más jóvenes más peligrosos. Entre más jóvenes más amorales, entre más jóvenes más pistoleros... Todavía se recuerda el caso de los menores de 17 años descuartizados en la cima de la montaña de Belencito Corazón. También, el crimen impune de los estudiantes que sacan de las aulas de clase para abrirles la cabeza de un... Cada vez parecen estar más enojados.

Tanto silencio asusta. El viento, como en los pueblos fantasmas, silba canciones fúnebres. Solo tres chicos, con morrales, cruzan la calle en dirección a la montaña. Uno de ellos lleva una pala. El tercero, un muchacho que nadie ha visto antes en el barrio, va atrás, cabizbajo. Cruzan el puente y el último edificio. Luego, a las tres horas, vuelven solo dos chicos sin pala…

El silencio aturde. Los pájaros no volvieron por esta parte de la ciudad. Parece que a Dios lo hirió algún joven iracundo.

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