Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
Antonio Porchia


Propósitos 2012

>> jueves, 29 de diciembre de 2011

Me nombro el naciente, el que nace todos los días, el sacerdote del amor. Soy un mago de la luz y creo que uno puede vivir como quiere vivir y no como le toca vivir. Ejemplo. Quiero vivir en Dios con la mujer que amo en una casa en el campo con un gato y una huerta casera. Quiero trabajar, no mucho, lo suficiente para ganarme el sustento diario y que me quede tiempo para disfrutar de la tarde y de la literatura. Quiero estar saludable para recibir la porción de amor, sabiduría y amor que me pertenece. Quiero creer que puedo. Quiero seguir investigando sobre mí sin descuidar un solo movimiento porque soy mi propio maestro. Quiero escribir y ganarme la vida con la literatura. Quiero tener un hijo, uno solo, y crecer con él. Quiero viajar hasta que el cuerpo me lo permita. Quiero aprender a bailar y llevar a mi chica a una disco y besarla como si la acabara de conocer. Quiero hacer el amor en una oración continua de dos cuerpos que se entregan para aprender a vibrar con la creación. Quiero empezar el 2012 respirando el cuerpo de la mujer agapanto, tomarme un vaso de vino tinto, encender un cigarrillo sin filtro, morder una galletita dulce, escuchar el día hacerse luz con su ejército de pájaros. Quiero vivir como un pájaro en continuo vuelo y que mi futuro sea un cielo azul para mis intenciones.

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Bogotá un cielo sin sol

>> sábado, 17 de diciembre de 2011


Llegué con Diana a eso de las siete de la noche en medio de un aguacero. Los taxis con el agua hasta la mitad de los neumáticos pasaban de largo. Recordé que en la mañana en las noticias habían anunciado fuertes lluvias mientras mostraban una toma área de la entrada de la ciudad. La autopista parecía un hilo de hierro sobre un rio gris patrullado por peces metálicos.

Después de una hora resolvimos abordar un bus y luego un taxi que nos llevaría hasta la casa de una hermana de Diana. Allá, al bajarnos, sin percatarnos, dejamos una maleta con la mitad de nuestro efectivo. No quedamos con las placas del vehículo ni con el nombre del chofer. Nada podíamos hacer más que respirar y comernos un ajiaco para desintoxicar nuestra suerte.

Decidimos arrancar de nuestro vocabulario la palabra hubiera para no atormentarnos por la perdida del maletín. Porque el hubiera empieza invocar una cantidad de cosas que ya no van a pasar porque nunca fueron. De esta manera evitamos desencadenar malestares y culpas innecesarias.

Nos madrugamos para el centro de la ciudad. Entramos al café El Automático donde el humo era un pasado de pulmón roto que retumbaba en el aire. Un café que a falta de fumadores consiguió un televisor de pantalla plana, del tamaño de una pared, para que la gente consuma y hable menos. Es una característica de estos tiempos creer en el malsano imaginario de que entre más grande el televisor más prospero el negocio.

Caminamos por la séptima, una tripa de cemento congestionada de parásitos provistos de sombrillas, chaquetas y bufandas. El olor del café con orín se filtraba entre la lluvia, más bien se trepaba a la lluvia. Afortunadamente en la Candelaria, donde nació la Sabana de Bogotá, el progreso de rascacielos y vidrios polarizados no tiene entrada. Es posible sentirse en un pueblo atrapado en el tiempo de José Asunción Silva con sus trajes bien planchados para sus excursiones nocturnas. 

Entramos en un café y pedimos un vino. Encendimos de a cigarrillo. Miramos el cielo y parecía que el apocalipsis fuera una espuma gris que se iba a abalanzar sobre la ciudad más gris de Colombia. Abracé a Diana y la besé. Ante el desastre mejor besar a la mujer que amas que salvar lo insalvable.

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La mujer agapanto, por el derecho a ser cursi

>> lunes, 5 de diciembre de 2011

En el extremo superior derecho encontraras el link al libro de La mujer agapanto. Es el diario de un jardinero, El Hortalero, que se enamora de una flor que es mitad mujer. Allí, este personaje solitario, emocional, lacónico escribe sus reflexiones más intimas y sinceras. Sus notas pasan de lo cotidiano a lo fantástico de una forma asombrosa y preocupante porque las flores son como señoritas que pasan por la calle y uno las sigue con la mirada, como si llevaran un secreto oculto en alguna parte. Es un libro corto y sustancioso y  ante todo cursi para una mujer cursi de un hombre cursi. Pero ser cursi y salir bien librado es una osadía en estos tiempos  donde los escritores se dedicaron a escribir en los blog olvidándose de la lectura, la verdadera, la de los libros que se llenan de polillas. Por ende, se olvidaron de escribir bien. En este caso uno se divierte y se interroga. Al menos todavía se encuentran propuestas innovadoras, con errores gramaticales, que se atreven a pintar un mundo posible.

Att: Florentino Cólera

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