Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día, a la tierra, no sea yo...

Juan Ramón Jimenéz


El poder de la palabra

>> jueves, 22 de junio de 2017


Después de dicha una palabra ya no hay marcha atrás. Las palabras se filtran en la sangre. Entran a rincones insospechados y desestabilizan las estructuras mentales o emocionales. Cada  palabra es un canal por el que pasa información que queda, como una semilla, germinando en un individuo. Una palabra mal dicha es un tizón encendido que quema una y otra vez en la llaga. Así mismo una palabra en el momento justo es el vaso de agua en el desierto. De ahí, que el poder de la palabra unifique el pensamiento y la acción. Es decir, cuando la palabra es el vehículo que transporta un pensamiento que se convierte en acción trasmite un modo de vida. En esa medida, puede transformar conciencias, forjar  cimientos de una cultura, estructurar los mitos de un pueblo y también, destruir a un individuo o una nación. Por ejemplo, en la segunda guerra mundial los nazis utilizaron la palabra como un mecanismo de tortura contra los políticos o artistas judíos. Encerraban a sus víctimas y durante días les decían: “¡No existen, están solos, son basura!” Hasta que enloquecían o confesaban. La palabra es posibilidad, comunicación, camino. Por ello, entendí la responsabilidad moral y ética al pronunciarla, sobre todo en momentos coyunturales. A veces, uno dice lo primero que se le ocurre y se lamenta de eso toda la vida, cosa que ocurre en una discusión. Como es regular en las confrontaciones uno acude a sus vibraciones más bajas, las que están soterradas. Lo peor de nosotros llega a la superficie como una procesión de sombras. Viene del lado oscuro, donde el odio es un volcán en erupción o una bestia peluda que escupe fuego. Entonces al abrir la boca la lava interna, el resentimiento que somos, quema todo a su paso. Familia, pareja y amigos se calcinan. Lo más cercano sufre y no nos damos cuenta de lo solos que nos quedamos cuando vertimos nuestra suciedad. Como si aquellos que nos aprecian estuvieran condenados a soportar nuestra crueldad, ese placer antiguo que se inyecta a través de la palabra.

4 comentarios:

Ginebra Blonde jueves, junio 22, 2017  

Hoy he visitado el blog de una gran amiga de estos lares, que precisamente ha publicado un post muy interesante referente a las palabras; te dejo el enlace por si deseas visitarla:

http://nadatedigotodotelocuento.blogspot.com.es/

Y es que como bien titulas tu post, la palabra tiene un poder extraordinario e indiscutible…
Es uno de los pilares más importantes del mundo; con ella nos comunicamos, nos acercamos, nos deleitamos y, como muy bien mencionas con el ejemplo mostrado, también a través de ella podemos hacernos mucho daño, siendo válvula de escape de una discusión… o, usada desde la más premeditada frialdad…

Pues un placer visitarte, Juan… Muy buen post…

Bsoss y feliz noche.

Demian jueves, junio 22, 2017  

Sin querer y aunque en este mundo dicen no existen las coincidencias tus palabras me llegan mas que nunca , Un abrazo

Juan Camilo jueves, junio 22, 2017  

Ginebra
La palabra, así sea un fonema, un ruido lleno de símbolos, es un canal de sentido y bueno, a veces lo que no se dice puede decir más. Un abrazo y gracias por tus tan sensatas palabras.

Demian
Ha de ser porque algo de ese texto nombra un sentir compartido. Por estos lados eres bienvenido.

María Perlada viernes, junio 23, 2017  

Cuántos poemas habré dedicado yo a las palabras, y es que tienen un DON que tanta fuerza nos dan, y tanto nos abrazan, mi querido Juan Camilo.

Un placer volver a leerte.

Muchos besos.

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Cada palabra es un conjuro para espantar la soledad

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